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Aburrimiento

Don Severino se aburría. Salió, pues, de su casa y fue a la calle. En la calle don Severino se aburrió. Fue entonces a la ciudad vecina. Ahí siguió aburrido. Viajó a la capital de su país. Ahí se aburrió también.

Decidió don Severino hacer un periplo por el mundo. Visitó las mayores urbes y las más hermosas: fue a Nueva York, llegó a París, se encontró en Roma, vio Florencia, conoció San Petersburgo y Estambul, Tokio y Beijing... Y continuó aburrido.

Se dirigió luego a los sitios más remotos: estuvo lo mismo en el desierto del Sahara que en las cumbres del Himalaya; entró en la jungla de Africa, y por los siete mares navegó. Siguió aburrido.

Volvió a su casa, finalmente. Ahí se aburre todavía. Nadie le ha dicho que a donde vaya se aburrirá también. El es quien lleva a cuestas el aburrimiento.

El es el aburrido. Como sólo se interesa en sí mismo se aburre soberanamente. El día que don Severino aprenda a interesarse en todos los seres y las cosas, ese día ya no se aburrirá. Quienes lo conocen, sin

embargo, afirman que nunca llegará ese día. Colaboración de Mario Pablo Vázquez de México, D.F.


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