| Aquí te presento a mi amigo para que lo bendigas, lo cuides y le enseñes a vivir.
Tú, que sabes lo que vive, lo que le preocupa, lo que siente, lo que piensa, lo que anhela, lo que le falta y lo que desea.
Tú, que sabes cuando llora, cuando ríe, cuando está en la soledad.
Cuídalo, protégelo, anímale a seguir adelante, acompáñalo siempre.
A mí Señor ¡Enséñame!
A presentir lo que siente dentro de él.
A estar disponible cuando más me necesita.
A ser amable cuando más necesita ser amado.
A verlo cuando necesita ser visto.
A oírlo cuando necesita ser oído.
A darle seguridad cuando necesita seguridad.
A cuidarlo cuando necesita ser cuidado.
A acudir cuando necesita de alguien.
A ayudarlo cuando necesita ser ayudado.
A celebrar cuando necesita celebrar.
A llorar cuando tenga necesidad de desahogarse.
A sentirme orgulloso de mi amigo.
A aprender muchas cosas de él.
Porque tú, Señor, fuiste el gran amigo incondicional de Pedro, Mateo, Juan, Judas, Santiago, María Magdalena, Pablo; de muchos hombres y mujeres, de muchos padres y madres que acudían a Ti por sus hijos; de muchos niños y jóvenes que buscaban ser oídos y vistos; de muchos ancianos y abandonados que buscaban ser acogidos.
Enséñame, Señor, a ser un gran amigo como tú. "No hay mejor amigo que el que da su vida por ellos"... y Tú, Señor... la diste por mí. Porque tú, Señor, fuiste, eres y serás el gran Amigo incondicional.
Colaboración de Alexandra Ramírez Zambrano. |