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Bienestar

U N F R I O M E S D E J U N I O

En un día de invierno, de esos días fríos y lluviosos, todo estaba en silencio, sólo se oía el silbar del viento y el caer de las gotas una a una en el suelo. Yo miraba el cielo, mis hermanos estaban junto al brasero dentro de mi casa; mi madre conseguía algo para darnos de alimento, mi padre no estaba junto a nosotros. Yo tenía cinco años en ese tiempo y hoy que llueve viene a mí como un recuerdo.

Ese día especial viene a mi mente, caía la lluvia en esa casa que no era más que una pieza adornada de cartones de colores y bolsas de distintos tamaños , tratando de sostener y aguantar la fuerza del viento; el agua caía y se metía por todos los rincones, el piso se deshacía bajo mis pies y los de mis hermanos, ellos se subían a un cajón a mirar por la ventana por si mi madre venía con lo que fuera entre las manos; al fin llegó, traía en una bolsita unos panes y dos huevos , los que cocinó de inmediato y nos lo dio. Estábamos muy contentos porque ya nos encontrábamos todos juntos.

Al llegar la tarde ya no llovía, se reflejaba el sol débil y escaso en la calle donde vivía. A lo lejos se veía gente, yo me arranqué y fui a ver qué era. Había dos camiones y una camioneta con gente bien abrigada y unos paquetes. Me acerqué de a poco, había realmente mucha gente rodeándolos, apenas podía ver; me empinaba, agachaba, me pisaban y empujaban, me alejé retrocediendo de a poco, de pronto alguien me tomó de la mano muy suave, la miré con susto y sonrió, yo no la conocía, tuve temor, sin embargo, ella se inclinó y algo preguntó; no oí de inmediato, pues pensé que no me hablaba a mí. ¿ Cómo te llamas repitió?, yo como niño asustado y avergonzado balbuceé y dije Pedro, ella me miraba de arriba abajo y me acarició, ven me dijo, y sin soltarme la mano hasta uno de esos autos me llevó, llamó a tres de sus amigas y por mi madre ésta vez preguntó, no supe qué contestar, sabía que estaba en la casa y me arranqué a curiosear, no quería que la viera, ni a mis hermanos ni mi casa.

Eran muy bonitas sus caras y sus ropas tenían lindos y definidos colores, una de ellas me llevó a una de las llaves que había en el pasaje, sacó mis ropas delgadas, sucias y ya sin color; lavó mis manos, mi cara, pies y algo más, me llevó ésta vez en sus brazos hasta el auto, yo no la quise mirar ni hablar , no sabía qué decir, tampoco qué iba a ser de mí. Tomó una de las bolsas que había en el auto y sacó de entre ellas unas ropas y me las puso, calcetas y zapatos ahora cubrían mis pies, que sin notar que les faltaba algo estaban descalzos, encima de todo me puso una chaqueta bien abrigada y amarró otras dos bolsas con ropa a mi cintura y me dijo: ve a casa y lleva esto a tu madre.

Caminando medio confuso, miraba hacia atrás a esa gente que regalaba cosas a mis vecinos, llegué a mi casa entré corriendo de alegría , avisé a mi mamá que Dios estaba regalando cosas y que las fuera a buscar, me miró con cara de pena al verme llegar sería por verme hermoso con lo que ella nunca me pudo dar.

Salió medio desorientada por la puerta que no alcanzó a cerrar, al rato volvió con comida, leche, frazadas, zapatos para mis hermanos y otras ropas de abrigo para pasar aquel frío invierno. Mi mamá ya no lloraba, sonreía y nos acariciaba. Fue toda una semana de sol sería por esos ángeles que llegarón a calmar la pena de mi gente y mis vecinos de ver el cielo y el suelo deshacerse bajo nuestros pies ahora ya abrigados.

Pasaron los años, tengo veinte es una tarde de Junio y llueve, veo en las noticias las desgracias que causa el mal tiempo y declararon la Capital en zona de catástrofe; ya no vivo en donde pasé mi infancia, ni mis hermanos ni mi madre.

Hoy con un grupo de amigos vamos como voluntarios a una capilla para ayudar a la gente que se ha inundado; varios vehículos salen y sin saber el destino de cada cual , me subo a uno de ellos con las donaciones de la vecindad; cual fue mi sorpresa al bajar y ver esas llaves que se encuentran aún en el mismo lugar donde fui lavado. Y además que sería a mi pueblo, mi gente , mi antigua vecindad, a la que debía ayudar y entregar un momento de alegría y buen pasar.

A lo lejos, veo un niño descalzo viniendo hacia mí y me veo en él, acercándose con la misma curiosidad que viví hace quince años atrás.

Autor: Cecilia Olea B. de Chile.

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