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Primer amor

Yo tengo dos hijas. Esto no es algo particularmente meritorio o excepcional. Hay quien tiene más. Lo interesante es que cada quien lo vive como su milagro exclusivo. Hoy, un poco hastiado de las pantomimas y pirotecnias chinas de los priístas, quiero platicarles de un prodigio más auténtico y gozable: el amor.

Cada una de mis hijas, a su tiempo y a su modo, me ha permitido asistir a la súbita y deslumbrante edificación de su primer amor. Cual corresponde a la creación de estas ornadas capillas, el padre permanece en el umbral, pues sabe que su obligación es no interferir por más que aquí y allá se manifieste un leve escozor de celos que se disfrazan de preocupación paternal. Es un delicado asunto que incluye a la justicia, al respeto y a la libertad. Si mis hijos han sido solidarios y respetuosos (por algún misterio el respeto incluye al amor) con un padre que tanto los ha alarmado con su errático comportamiento, la reciprocidad es de justicia y es de elemental sensatez. Desde fuera, el amor sólo es observable en sus ritos más externos, comunes y superficiales. Sólo los enamorados saben de sus florecimientos y cataclismos interiores (el hielo abrasador, el fuego helado).

Así las cosas, yo me he limitado a beneficiarme de ese aromado calorcito que genera la felicidad. Es emocionante comprobar la inmensa sabiduría, el canto no aprendido, la gracia que asiste a una jovencita enamorada. Todo a su paso se ruboriza y parece ir dibujando música en el aire. Todo comienza otra vez y la flor recibida aún no se llama rosa y las manos que se encuentran vuelven a redactar el Génesis: en el principio fue el beso.

Yo quisiera que mis hijas siempre estuvieran enamoradas. Hablo del buen amor. Hablo de ese amor que se da y se recibe y que acepta que la felicidad es su espacio natural. No hablo de ese amor contrahecho y torturado que fabricó el peor romanticismo y que pretende (¿pretendió?) convencernos de que amar es una claudicación de la inteligencia y una esmerada y ruinosa infelicidad. Supongo que eso no es amor, sino una proyección del odio y el desprecio que sentimos por nosotros mismos. De estas malandanzas la única beneficiaria es la literatura, pero no la vida.

Para la buena enamorada, ese molesto ser que el padre mira con tan enorme desconfianza, se convierte en vicario del universo y desde él, se enamora del mundo, de sus páramos y sus trigales.

Yo sólo miro y guardo silencio. Veo en sus ojos un brillo inaugural y veo en su caminar una enseñanza de luz. Es indispensable no estorbar, no interferir, no molestar. Lo aconsejable es aprender (aprender es recordar, decía Platón) y disolverse en esa novedosa alegría que secretamente cimbra y vuelve a fundar el mundo.

Quizá el texto más exquisito de Iván Turgueniev sea precisamente el que se titula "Primer Amor". Los rusos, tan crueles y tan sensitivos, están particularmente facultados para reseñar todo lo que le ocurre al universo, el escándalo y el inaudible estruendo que provoca el amor cuando deja caer al primero de sus pétalos. Hay un ángel que se ruboriza y otro que se alarma. Cae una finísima lluvia sobre el mundo y las jovencitas tensan el cuerpo y el alma al ventear el casi imperceptible aroma del amor que se avecina.

Sé que he dicho muy poco. Sé que en esta música a mí me ha tocado el indispensable silencio. Lo acepto con agrado. No es poca cosa ser el distante testigo de un milagro que nunca (siempre) ocurre. Germán Dehesa. Colaboración de Mario Pablo Vázquez de México., D.F.

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