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Reflexion

El día de ayer platicaba con un amigo que me puso a pensar en un dilema que, al parecer, es un mal muy común. ¿Quién de nosotros no ha encontrado ya al amor de su vida? Algunos ya han tenido la suerte de estar con esa persona tan especial ya como pareja, pero otros sólo como una amistad. Y es que estar con esa persona es lo más fácil del planeta; siempre hay de qué platicar, qué hacer e, incluso sin hacer nada, siempre te sientes bien.

Es más, lo que más llegas a aborrecer en cualquiera, lo pasas por alto en esa persona. No hablo de idealizar ni de amores platónicos, hablo simplemente de AMAR. Y es que llegas a amar tanto a esa persona que pueden pasar mil y una cosas, mil y una tonterías, y todo ese sentir sigue allí.

El problema viene cuando el amor de tu vida no te corresponde igual. Puede haber mil razones para ello (unas muy tontas, pero no por eso menos dolorosas): la distancia, que la otra persona haya metido la pata y ya esté comprometida o, simple y sencillamente, porque no te ama o, por lo menos, no como uno ama a esa persona. Es aquí cuando comienza el dilema.

Yo siempre he sido de la idea de que uno debe luchar por lo que uno quiere, cueste lo que cueste; claro que si la otra persona de plano no se da color, pues tampoco se trata de que esté con uno a la fuerza. Sin embargo, por lo regular siempre hay química entre ambas personas, de allí que sea el amor de tu vida. Así que uno lucha con todo y contra todo, haciendo un sinfín de cosas que uno nunca se imaginó capaz de hacer, convirtiendo lo imposible en realidad, todo para ver si al final salimos ganando.

Es entonces cuando todo pinta de maravilla, crees que más o menos ahí la llevas, le sigues echando ganas y te sientes la persona más afortunada del planeta al estar junto a quien consideras es el ser más especial que pudiste encontrar. Y luego... ¡zas! Cruel realidad.

Por x o por y, te mandan al cráneo o, lo que viene a ser lo mismo, te vas tú solo, porque por muy feliz que estés, sabes que las cosas no son como debieran ser -me dijeron una vez:

"En el corazón y en el cu..., eso se siente".

Todos tus sueños, todo en lo que creías, se viene abajo; aunque, tristemente, el mundo no deja de girar y tú con él. Pasa el tiempo, poco o mucho, y sigues viviendo (o sobreviviendo), añorando lo que un día fue y con la esperanza, a veces muuuuy lejana, de que vuelva a suceder. Luego, como dice mi papá: "se va uno, pero llegan dos". Así que conoces más gente y entre esa gente, nunca falta alguien especial. Todo pinta de lujo, se la llevan muy bien y pues, te vuelves a ilusionar. No es por comparar, pero muchas veces nada qué ver con el amor de tu vida.

¡Ajajá! Ni para qué emocionarse porque, cuando crees que ahora sí vas bien, ¿quién te busca? La persona que ¿menos? querías. Puede que sólo te llame para saludarte (después de todo, son amigos, no?) o de plano te vuelva a echar el can y, como es muy verbo, te quiera volver a lavar el cerebro.

Ahora sí, éste es el dilema. ¿Debe uno seguir luchando hasta morir por la persona que se supone que es el amor de tu vida o continúas al lado de la persona que, quizá no lo sea pero que, tampoco le queda muy lejos, con la que puedes hacer muchísimas cosas y que, sobre todo, es REAL? Y repito, no es que el amor de tu vida no lo fuese, hablo de que esta otra persona está ahí, al pie del cañón, porque quizá tú eres el amor de su vida. Y es que, ¿qué tal que ahora sí te toca? Pero, ¿y si no?

Ustedes, ¿qué opinan? Colaboración de Gabriel Nuñez de León, Gto., México.

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