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Tengo veinticuatro años y no tengo enfermedad, mi mami y yo casi nos morimos a la hora del parto. A mí me faltó oxígeno y se afectó la parte del cerebro que regula mis movimientos pero gracias a Dios veo, oigo y entiendo perfectamente.
Desde el primer momento mis papás y mis hermanos me aceptaron con cariño. Jugaban conmigo, me cuidaban, es más, siempre han estado orgullosos de mí.
Me gusta conocer gente. Tengo muchos buenos amigos; uno de ellos es sacerdote y otro es pintor, me encanta platicar con ellos. En general me gusta mucho platicar con la gente, sobre todo con mi familia.
En lo que se refiere a mi discapacidad, yo me acepto muy bien a mí mismo, he recibido mucho cariño y por eso me gusta compartirlo. De niño la gente me observaba mucho y yo los veía enojado, me preguntaba por qué me veían tanto. Ahora, de adulto, pregunto ¿qué me ves? y al mismo tiempo digo: Te quiero conocer para que veas que no soy un bicho raro y que tus ojos de ahora en adelante me vean como soy, una persona con discapacidad física, pero que pienso, río y siento como tú.
Me gustaría conocer mucha gente, escríbanme a mi mail, y hasta me pueden invitar a tomarnos unas chelas.
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Las dificultades en mi vida no son otra cosa que motivos para alcanzar metas que me propongo. He aprendido lo importante que somos todos los seres humanos para los demás, yo por ejemplo se que Dios me dejó aquí en la tierra para una gran misión: Querer a mi familia y ayudarlos a crecer. Lo digo con orgullo, no con falsa humildad, pues el dolor y el sufrimiento, y sé que en mi casa hubo mucho, no opacó nunca la alegría de vivir unidos.
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